sábado, 18 de enero de 2014

El frío de la mañana tampoco conseguía sacarlo de su ensimismamiento. En la calle había llegado el otoño y con él sus árboles de colores, pero no lo advertía. El tráfico aportaba el decorado sonoro y el aire denso tenía un ligero sabor dulzón. Caminaba ausente. Aunque esa mujer hubiera terminado trayéndole problemas, la echaba de menos. Era preciosa, su rostro invadía su mente, pero ese recuerdo no servía sino para ponerlo aún más triste. Levantó la vista del suelo y en la silueta con la que se acababa de cruzar creyó reconocer su forma de caminar y la melena lacia que a él tanto le gustaba acariciar. De inmediato se volvió a buscarla entre el gentío. Corrió deseperadamente hacia ningún lugar. Se detuvo confundido y sintió el golpe seco que lo derribó. Ya en el suelo, inmóvil, percibía el remolino en torno a él, oyendo palabras que no escuchaba; la cara pegada al asfalto, mientras sentía como de su boca seca un reguero de sangre se alejaba en dirección hacia aquella joven. 

5 comentarios:

  1. Uno se queda con las ganas de que esa carrera alcanzara a la chica, pero no, la vida y sus cosas...
    Un beso.

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  2. Las calles no suelen ser sitios seguros donde uno pueda dejarse llevar libremente por los pensamientos! jeje

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  3. Un final triste y muy evocador.
    Un abrazo.

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  4. Bajo un determinado estado de ánimo las señales se confunden.
    Nos invaden recuerdos y seguimos nuestros impulsos...a veces sale bien..otras no.

    saludos

    Mariela

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  5. Bien encauzada esa sangre final al igual que las palabras desde el principio.
    Mea gusta tu manera de expresar y representar las letras, eso no es nada fácil.
    Besos de gofio.

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