jueves, 26 de diciembre de 2013

Sonó el despertador. Sus ojos tardaron unos instantes en acostumbrarse a la luz. Somnolienta se incorporó y avanzó titubeante hacia el cuarto de baño. Una vez aseada, bajo a recoger los restos de la cena de la noche anterior y preparó el desayuno para todos. Entonces Ángela se sentó ante el tazón humeante y mientras se concedía unos minutos de descanso no pudo evitar pensar en la jornada que le aguardaba. La vida no había sido amable con aquella niña, pero ella no parecía albergar ni pizca de rencor. Cuando salió camino del colegio aún no se había levantado nadie.
Después de clase, siempre solidaria, acudía al comedor de la parroquia a ayudar y entre los más necesitados repartía palabras y gestos de gran ternura. Su comportamiento ejemplar despertaba admiración en la comunidad.
Aquella tarde una vecina la vio aparecer al final de la calle. Corrió hacia ella. Las luces de las sirenas bailaban incansables en las fachadas de las casas colindantes. Los bomberos se afanaban en apagar las llamas. ¡Como darle la noticia!. La abrazó. Ya nadie la esperaría a su regreso. Nunca más. Todos muertos. En ese instante Ángela se sintió a salvo, mientras dentro del bolsillo del abrigo apretaba con fuerza un mechero.

3 comentarios:

  1. Quiso hacer justicia... Nunca se sabe que alberga nuestra mente luego del dolor y la frustración.
    Un fuerte abrazo, y buenos deseos después de un año que tuvo lindos momento compartidos.

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    1. Un placer compartir contigo esta dulce locura: la escritura...

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  2. El final es totalmente inesperado. Pero parece que la única salida que Ángela encontró fue acabar con el lastre y la sobrecarga que encontró en su vida al nacer. A veces se necesita romper bruscamente con las cadenas que nos atan a la rutina para poder escapar y vivir otra vida. Buena lección jaja

    un fuerte abrazo y feliz año 2014

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